Con esta carta de despedida, Bernardo Grobocopatel presentó la renuncia como dirigente de Agropecuario Argentino de Carlos Casares:
Donde empieza el adiós.
Hay cosas que, sin hacer ruido, empiezan a despedirse.
Y cuesta decirlo así, tan simple…
como si no pesara,
como si no doliera.
Este club fue mi vida.
No una parte… la vida entera.
Lo sostuve con todo lo que tenía, sí,
pero lo que más duele no es eso.
Duelen los años que no vuelven,
la familia que esperó en silencio,
los abrazos que fui dejando para después…
y ese después que, muchas veces, nunca llegó.
La vida es una sola.
Y yo la entregué a este sueño.
Un sueño para la ciudad.
Que muchos no supieron ver.
Que otros no entendieron.
Pero también hubo quienes sí…
los que estuvieron cuando no había nada,
los que creyeron incluso cuando era más fácil dudar,
los que se animaron a soñar conmigo.
A ellos… GRACIAS!.
Pero gracias de verdad.
Porque aun así, se hizo.
Desde la nada.
Con esfuerzo. Con fe.
Con tardes que se hicieron noche sin darme cuenta,
con domingos lejos de casa,
con llamados perdidos,
con momentos que no vuelven…
apostando siempre a algo que sentía que podía ser de todos.
Empiezo a despedirme.
No por falta de amor.
Nunca fue eso.
Empiezo a despedirme porque hay cosas que, cuando se sostienen solas,
terminan quebrando en silencio a quien las sostiene.
Me llevo el ruido de la cancha vacía,
las primeras veces,
las risas,
las voces que sí alentaron.
Y también ese silencio…
ese silencio que pesa más que cualquier palabra,
el de lo que pudo ser… y no fue.
Me llevo lo invisible.
Eso que no se ve… pero que queda.
Para siempre.
Ojalá algún día se entienda lo que hubo acá.
Lo que se intentó.
Lo que se dio, incluso cuando no alcanzaba.
Porque cuando algo así se termina,
no se pierde solo un club.
Se queda una parte de uno en cada rincón,
en cada pelota que rodó,
en cada chico que soñó con nuestra camiseta,
en cada mirada que creyó, aunque sea, un instante.
Y aunque empiece a despedirme,
aunque ya no esté,
quizás alguien más llegue a ocupar este lugar,
ojalá lo siga haciendo en mi ciudad…
y si no, lo hará en otra.
Ojalá sea en mi ciudad.
Pero si no…
si el tiempo pasa y nadie viene,
si la cancha queda en silencio…
entonces, cuando escuchen un eco en la cancha vacía,
cuando sientan que algo late donde parece que ya no hay nada…
no será ausencia.
Será todo esto
que, de alguna forma,
se negó a morir.
Y esa vida…
fue la mía.
Di todo.
Dejé todo.
Y en ese dar, intenté sembrar en mi ciudad y en esta zona algo más que un presente:
una huella,
un pedacito de sueño,
algo que abrace a los que vengan,
algo que siga latiendo aun cuando yo ya no esté…
algo que tenga la fuerza de quedarse.
Gracias… de corazón.
De ese lugar donde también duele.
Eternamente agradecido.
Y si alguna vez alguien pregunta qué fue todo esto…
no digan un club.
Digan que fue una vida
intentando convertirse en algo que valiera la pena.
Bernardo Grobocopatel
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